Me despierto en un mundo totalmente diferente del lugar en el que me había dejado dormir esta noche. Es un bosque inmenso que absorbe todas mis ideas y las guarda para sí, los gnomos van recogiendo cada porción de mi proyecto para sacarlo adelante, hay carteles que dicen que no estará listo hasta el año 3000, yo no niego nada porque se que para esa época seguiré con la misma vitalidad pero con unas cuantas patas de gallo y alguna que otra cana. 
Hay reunión en el pequeño bosque y las hadas van llegando, me dan la bienvenida con su baile otoñal. El panorama es toda una fiesta, nuestra voz ya se empieza a mostrar castigada de tanto cantar gritando y el desfile comienza. Me da por preguntarle al conejo qué está pasando y él me ofrece un café con sal. Lo dejo en la mesa aparentando que luego lo probaré y seguimos aplaudiendo a todos los seres animados que pasan por la mesa y transforman el ambiente en diferentes historias que se unen y entrelazan.
Foto: Ester García Cortés
Un vuelo de mariposas recorren el arco iris y los duendes recolectan pepitas de oro. El desfile acaba, las hadas recogen cada pliegue de la tela por donde pasaron las estrellas de ese festival de otoño. Otra estación acaba y con ella todas sus historias, ya se encargarán los escribanos de crear nuevas historias para que los niños tengan qué leer en invierno.


Mirar alrededor es verlo todo de color verde, pues la esencia de las hadas se derrite porque se alimentan de la imaginación y de nuestros sueños y deseos. Yo no dije que tuviera que haber ningún baile, ni ningún desfile nunca. Sólo puse en marcha el motor y el mecanismo se accionó solo. Quizás algo en mi interior despertó con ganas de algo bueno, algo bueno con un título y entonces fue cuando todas esas ideas vinieron a mi cabeza.

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