domingo, 23 de noviembre de 2008

Vestido rojo, escote palabra de honor (II)

Aquí tenéis la segunda parte:
Los reencuentros siempre son salvajes, prometedores e intensos. Me quedé sentada en la butaca y deje mi cara al descubierto, sus manos se acercaron y empezaron a subir por mi rodilla. Nos reíamos de un modo pícaro, no nos importaba quién nos estuviese mirando porque nos dejamos llevar, llana y sinceramente. Parecía que no nos hubiésemos amado en siglos y que ahora nos veíamos obligados a darnos ese todo, que resultó tan escaso durante tanto tiempo. Todo parecía tan arrebatador, cada beso, cada caricia...



Mis labios fueron tintando de carmín su cuello, las rasgaduras de mi vestido fino como la seda se hacían cada vez más evidentes, la pasión tomó las riendas del momento y mi peinado se deshizo dando paso a la locura en su forma más desenfrenada. Nadie más existía en la sala hasta que la gente comenzó a llegar y como si hubieran cambiado los papeles, la escena, como si se hubiera bajado el telón. Cada uno se fue a su sitio y continuamos disfrutando del espectáculo, eso sí cogidos de la mano.



Jugando con las manos traviesamente nos quedamos el resto del espectáculo mientras acontecían los hechos: Pontenio, el esposo de la muchacha no tomó las hierbas, sino que con ellas alimentó al cerdo particular de la Corte, decidió ir en busca de una rosa, una rosa roja, la más bella para compensar a Melinxis por haberla dejado insatisfecha. Pensó que sería el magnífico regalo para que se reconciliasen en una bonita escena de amor. Él acudió a la escena y la buscó, alzó su voz que se oyó en todo el pueblo. Estaba desesperado por encontrarla. Pasó días sentado en una roca pero la rosa no se marchitó, él la seguía sosteniendo entre sus dedos, cuidándola, alimentándola con sus lágrimas, acariciando sus pétalos rojizos.



Alguien en el público se dio cuenta de que no había sabido valorar el precio de la muchacha, no la había sostenido entre sus brazos, no la había cuidado, no la había alimentado con sus besos, no la había acariciado y sobre todo, lo más importante: no había empleado ni una de sus lágrimas para decirle que seguía ahí y si lo hizo ella no le pudo oír.



Al décimo día era mi turno de aparecer en escena, con mi vestido rojo tan espectacular, mi antifaz y toda esa falsedad y maldad que se había apoderado de mí sólo un momento antes, me despedía del hombre que de verdad me había dado lo que necesitaba para entregarme a un público que me esperaba impaciente. Recuerdo sus ojos, su mirada, tan eterna como hacía un momento, me decía que no me fuese de la butaca pero era tarde, mi sitio estaba en ese momento en el escenario.


Las luces del teatro se apagaron y vi mi figura descendiendo hacia el escenario con una vela, sólo mi silueta y la de Don Pontenio eran visibles en aquel momento, poco a poco me fui acercando a él, sin saber lo que me dejaba a mis espaldas. Cuando estaba a menos de un metro de él, no pudo evitar abrazarme y empezar a llorar desconsoladamente. Miré hacia el público en un abrazo casi forzado y no pude evitar yo también llorar. Al siguiente momento me di cuenta de que la rosa yacía en el suelo, me estaba llorando a mí, todo el protagonismo era mío y ni siquiera me sentía dueña de ese momento. Me quitó el antifaz y me besó. La gente salió del estreno diciendo que había sido un final precioso. Fuera llovía y el duque cerró el teatro y prohibió toda obra con posibilidad a ser representada allí, estaba realmente indignado, se sentía engañado, el carmín fue desapareciendo con la lluvia de su cuello. Él se encargó al menos de que una de las partes de la historia se hubiera borrado ya, la otra no la podría olvidar nunca.

Es la parte buena del teatro, supongo, puedes ser quién tu quieras. Yo la odio.

9 comentarios:

Miguel dijo...

Precioso relato. Narrado con dinamismo y soltura. La parte amable y mágica del teatro es ésa, que la puedes odiar o no, la que te permite ser cada representación un personaje diferente. La vida también levanta el telón todos los días... y ahí también se puede montar una función de teatro.
Un saludo.

Anita dijo...

Felicidades por el relato Alu!!!
Que tus sueños se hagan realidad, ya me entiendes jiji!!
Estoy esperando que me des un toque... xD
Besines!!!
TeQuieroMucho! (K)♥

CUCALELLA dijo...

Apasionante relato!!! Un saludito. Yo también amo el teatro ;-)

Lyra dijo...

Me he ido perdiendo según leía, pero me ha gustado igualmente. Lo del duque y el vestido rojo muy Moulin Rouge y el tema de la obra, ¿wikipedia? jajaja. Muy erótico :p ambas sabemos a alguien a quién le encantaría. Me ha gustado mucho, a ver si me inspiro yo y escribo.

Por cierto, cuidado con las manos.

Muaaa!

Pachu dijo...

llego tu postal!

Sibyla dijo...

Querida Alu:
Nuevamente he leído con gran interés y entusiasmo hasta el final.
Y me ha gustado la mezcla del personaje narrador que se convierte en un personaje de ficción, formando parte de la trama teatral...
Habrá III parte?

Besitos:)

Lourdes dijo...

Hola, Alu...
Que te he visto mucho esta tarde de domingo de paseo... jeje...

Y el día que vine a leer tu entrada,
no me dio tiempo al comentario,
así que ahora no te salva nadie. jaja
Me ha gustado mucho la historia.
Me gustó la primera parte y me ha encantado la segunda...

Muchos besos, guapísima.

Lispector dijo...

Alu, un relato como tú, lleno de fuerza. Muy visual, erótico, con buen ritmo. Me ha gustado mucho. Bsitos.

Frabisa dijo...

Tienes una manera muy cercana de narrar y eso es básico en un escritor.

Me ha gustado, estoy segura que si quieres, podrás escribir relatos importantes.

un besazo