Supongo que por eso no quieres primeras partes, para hacer las segundas más imprescindibles. Aunque cualquier gesto las haría, después de tanto tiempo. Cierto que no quieres que te hable mal, hay que decirlo todo. Que vuelves, que regresas, como nunca, en este momento. Dímelo. ¿Estás aquí? Te encuentro debajo del sofá. Es sorprendente que hayas cabido ahí. Te has hecho un hueco. Te tiraría todos los cojines. Estamos de enhorabuena. Vuelve a ser primavera. Se viste de azul (otra vez) Está imparable, omnipotente. Tendrá que romperse por algún lado.
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lunes, 23 de abril de 2012
domingo, 6 de noviembre de 2011
De lo insustituible
Ya que lo comentas, fuiste realmente importante y ya que te quedas, te haré un hueco en la silla, cerca de mí, te invitaré a un café y esperaré contigo hasta que el espectáculo comience. Ya que no viene, nos sentaremos en la barra del bar, solos, tan solos, como si fuéramos los únicos invitados. Y te miraré a los ojos. Y lo sentirás.
En primera, segunda y tercera persona te lo digo, has sido, eres y serás insustituible, como la piedra que tiras muy lejos y nunca más podrás colocar donde estaba, porque las cosas y las personas hacen su camino mientras tú estás al margen; cuando te implicas, cuando echas la zarpa, es cuanto todo se quiebra y la tierra tiembla. El escalofrío es infinito. Si pudieras, si tan sólo supieras cuanto frío hace aquí, has dejado la ciudad sin un gramo de calor, secado las fuentes, llenado todas las pistas de patinaje de hielo sólo con tu mirada. Y mis lágrimas, ellas la financian y subvencionan mientras los niños patinan y caen, y caen y patinan.
No esperaré más, ya es tarde, del frío que se alivia con castañas, con mantas y cafés hirviendo sabes demasiado y te lo has llevado todo. ¿Por qué, egoísta agosto, te colaste en una cabina de teléfonos y borraste el recuerdo? ¿Te avergüenzas? Parece que fue ayer y hoy ya no hablas el mismo idioma, los edificios han caído, las piedras responden y el mar, el mar cubre las piedras. No hay vida más allá de la inspiración y la ilusión que transmitían esos labios, teñidos con sal marina, de la que pica y la que se mete entre los dientes. Te gustaba jugar con mi lengua. La has dejado ácida, sabe a estrella de mar. Estrellada.
Nos encontramos en un mar que es respuesta en un mar de millones de preguntas. ¿Salada, como estás hoy? Responde y te envuelve en carantoñas, te empapa de dulzura y cuando vuelve a alta mar, sólo se acuerda de la resaca que dejó sobre la arena húmeda, sabe que va a volver, al igual que sabe que va a irse, y que todo, absolutamente todo, va a suceder en el momento siguiente. Las rocas están lejos así que no hay nada a lo que aferrarse. Corre, muda.
P.D: Cuando echas algo de menos, lo recuerdas con dulzura, con empalago. Lástima que no podamos cubrir el mar de azúcar, moreno.
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domingo, 23 de octubre de 2011
Escuchar el son del mar, demasiado empalagoso
Es lo que tiene que se vaya, que nunca más va a estar, que jamás podrías llenar estos ratos y que para siempre no lo harás. Trata de buscar sinónimos pero es que no hay comparativos, a lo mío, mío y a lo demás frío, frío, casi helado. Con razón nos estamos helando esperando y con razón, espero yo sola. ¿La alegría? Desertó. ¿El miedo? Se murió. Porque lo que venga, bonito sí que va a ser, ahora, reemplazar lo que fuiste, eso ya no me lo creo. Es lo que tiene que las palabras sigan teniendo el mismo poder para poner una piel de gallina y para que nos resbalen en la cara, nos reboten en los oídos y las aspire una nube. Hoy llueve, he caído de la burra, me he dado un gran golpe y me he mojado.
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