El corazón de la metrópoli 'hibernaria' pone boca abajo los tiestos y las macetas de las plantas, hiela las calles y da bocanadas a dientes ajenos. Pulula por la ciudad buscando un amor correspondido. Los 14 (porque febrero se le queda corto y escaso), los tranvías le saludan a su paso vibrante y la gente aplaude su puesto. El reloj del ayuntamiento parece echarle de menos ultimamente y eso que aún es 13. El corazón de la metrópoli hibernaria quiere emigrar y hacerse un sitio, harto de bombear en un campo de granadas y ansioso de esperar a que alguien entre al campo de minas, mientras va helando almas. Dicen que los amores congelados son los que duran para siempre, los que te hacen apretar la mano por si el otro se va y para que no se vaya; los que hacen los abrazos eternos y los que a pesar de ser fríos, en un momento, sus cenizas pueden comenzar a arder en el brasero y avivarse más intensamente que nunca,
(o no avivarse hasta que reúnan las suficientes fuerzas, claro).
Joyce caracterizó a la metrópoli con este curioso término inventado, 'hibernaria' y yo misma he hecho que no se extinguiese.
