martes, 13 de enero de 2009

La zorra, el viejo y las palomas (II)

El viejo al instante se dio cuenta de mi mirada fogosa y caliente y sus labios se fueron acercando a los míos. Acercó sus labios. En ese momento veía los labios y pensaba en cómo sería besar unos labios arrugados, llenos de experiencia (o no) ¿se acordarían de besar ya?



Entonces se acordó de sus múltiples rollos de verano, los que la llenaban cuando estaba vacía y servían de transición para olvidar al anterior y pensó en que eran pasión, una pizca de amor y ternura. Tardes y noches tendida encima de todos ellos soportando el calor de sus labios en los de ella. Y pensó que esa era la esencia del amor, los besos, que distinguían al buen sexo del amor. Entonces pensé que el viejo no merecía uno de mis codiciados y únicos besos, no solía ser muy cariñosa pero con los tíos me viciaba e iba a saco. Pero ese viejo no se merecía nada de eso, fui a mi agenda y lo archivé como sólo un polvo y lentamente disimulé mi gesto girando levemente la cabeza.




Ese supuesto beso suponía un compromiso y la chica que les está hablando, señores, no se compromete a nada. A nada, ¿me oyen? El único contrato que había firmado hasta entonces fue el de alquiler y el de "sí me dejas pasar la noche bajo tu techo, tendrás el orgasmo más grande de toda tu vida". Era así de simple.




La zorra comenzó a acurrucarse entre las rodillas del viejo y a domesticarse sin darse cuenta. Quedaba aplazada la caza desde ese momento.




Entonces puse mi mano sobre su espalda y como un viejecito inocente puso la suya sobre la mía y nos fundimos en un abrazo pasional. ¿Esperábais otra cosa? Pues esos fueron todos nuestros preliminares. Fuimos al tema lo má directamente que pudimos. Duró tanto como quise, comencé a sentarme sobre su miembro viril más duro y a gemir como una perra ( ¿o debería decir como una zorra?) hasta el final. Lo sentía, estaba tan dentro de mí como yo dentro de la fantasía. Poco a poco nos íbamos reclinando en el banco y el sudor frío recorría cada milímetro de nuestro cuerpo como mi lengua hizo con el suyo en su momento.




Así hasta quedarse dormida totalmente en el césped ronroneó la zorra. Los duendes decían que había llegado ahí para quedarse. Nadie en Netherville lo dudaba.




Acabamos los dos extasiados y él se corrió en mi boca, por supuesto nadie pasaba por el parquecillo, habíamos escapado de miradas indiscretas, niños traviesos o viejezuelas con miradas lujoriosas. El césped parecía nuestra manta de dormir. Y al rato nos echamos una buena siesta. Me seguía pareciendo raro que el viejo estuviera para tantos trotes. Al despertarnos, un acto simultáneo por supuesto le di un beso en la frente (no incluía ningún tipo de compromiso, estoy segura, sino no lo hubiese hecho, creedme) y me alejé de la escena.




Las palomas se acercaron justo cuando la zorra se alejó. El viejo sonrió mientras la zorra se alejaba. Nadie entendía ya de especies. Palomas y zorras amigas eran.




Me dirigí a otro banco, ya era muy de noche, el tiempo había pasado volando, suele ser así cuando lo pasas bien, ¿no? En ese banco me esperaban un centenar de palomas que me rodearon mientras me vestía, mi ropa estaba ahí tal y como yo la había dejado, arrugada, sin planchar, una ropa típica de universitaria a 700 km de su madre. Me puse toda mi ropa y el sombrero, miré hacia el suelo y comencé a hacer dibujos con mis pies en el suelo. Miré hacia arriba y el viejo me sonrió. Ya se iba.




La zorra esa noche no fue a su madriguera a refugiarse sino que pasó la noche con las palomas. Comprendió que existían historias a parte de las que narraba la monotonía. Y se quedó a vivir una de ellas.




En mi cara se dibujó una amplia sonrisa miré a mi ropa y se había vuelto vieja, estaba vestida con harapos y estaba tan cómoda como si nunca me hubiese levantado del césped. De repente una bandada de palomas vinieron hacia mí y saqué de mi bolsillo izquierdo, como si fuera un acto reflejo, un trozo de pan y empecé a repartirlo equitativamente entre ellas, se peleaban entre ellas.




Yo era como el viejo y eso me gustaba, quizás pasara un joven y se quedara prendado de mi mirada aunque sólo fuese un segundo. Mi mirada cansada que respondía a 70 y pico años de experiencia. Se sentó y cruzó las piernas cuan jovencita y se sintió bien con ella misma. Satisfecha siguió alimentando a las palomas esperando que un pequeño instante hiciera que su vida se tambaleara otra vez para alejarla de todos sus pensamientos. Y de todos modos, siempre recordaría aquella tarde soleada en la que una zorra se cruzó con el viejo que les daba de comer a las palomas.




Y la zorra contó la fábula a todas las palomas. Éstas la escucharon haciendo un corro mientras tomaban un té todas juntas. Así resultó la caza de ese día, no fue para nada en vano. Desde entonces las zorras van de caza cada sábado con sus mejores pieles y las palomas andan rondando por los bancos a ver si consiguen enterarse de una nueva historia para contar acompañadas de una buena taza de té.




Su mirada era eterna, sí, estaba hablando de la mirada del viejo que se trajinó aquella tarde, miraba más allá de los ojos de él y seguía viendo algo. Algo que le hizo hacer lo que hizo. Tan azules, tan expresivos ¿cómo podían unos ojos contar tantas historias?

3 comentarios:

SHE dijo...

No he leìdo la primera parte pero esta historia me ha dejado pfff
Aluuuu tan chiquita y tan talentosa
esta muy buenaaa !

Esa tècnica de la doble narraciòn te ha quedado muy bien, vaya! me has sorprendido,me voy a la segunda si señor!

Miguel dijo...

La verdad es que visto lo visto, Alu, lo tuyo son las novelas. Tienes talento, no te quepa la menor duda. Enhorabuena.

Un saludo

Anita dijo...

¡Un final genial!
Estoy esperando otro relato más lista. ;-)

Besines!
Te quiero mucho♥