martes, 31 de agosto de 2010

La felicidad

BLANCA ÁLVAREZ. Uno cree que la felicidad es algo similar a una búsqueda personal que, por diferentes, aleatorias y extravagantes razones, provocaría un subidón de adrenalina en nuestro cerebro capaz de fomentar la ilusión de que estamos tocando el cielo. Como en los cuentos: uno busca un tesoro, otra un príncipe, la madrastra la eterna juventud, etc., etc. Pues no, mire usted, la felicidad ni es un asunto personal, ni privado, es una correcta manera social de saberse aprobado por el entorno (familia, municipio, sindicato, patronal, mercados, grandes almacenes).

¡Y mira que está en alza eso de ser feliz! El cine, la publicidad, hasta los políticos, hablan de nuestra felicidad como si soñaran a todas horas con el método infalible que nos hiciera perfectamente felices: comprando un coche o mordiendo un donuts; reduciendo cintura o liberando estreñimientos; blanqueando los dientes o viajando al Caribe. ¡Sea feliz, coño! Nos dicen a diario. ¡Mienten como bellacos!


Ni usted ni yo decidimos ser capitán ballenero o informático, o poeta, por pura y absoluta decisión personal. La naturaleza, la familia y el entorno, apuntan posibilidades. Eso tal vez sea lo menos grave, la mayor coacción a nuestra decisión sobre aquello capaz de hacernos felices es la correcta ubicación en la sociedad. O encaja en lo 'políticamente correcto' o se le condena, como mínimo a la exclusión. Además, la sociedad ya ha decidido qué asuntos nos 'hacen felices': el poder, el dinero, el sexo (según y cómo), la aceptación social.

Por ejemplo, no decide usted su condición sexual, esa que puede hacerle feliz, de gratuita manera. A nuestros abuelos los apaleaban, los encerraban y hasta los torturaban si se les ocurría defender la felicidad de su homosexualidad; a nuestros hijos los llevamos al psiquiatra para que los llenen de pastillas capaces de devolverlos a la normalidad. La nuestra, por supuesto.

Claro, se trata de asuntos extremos. Para los cotidianos, la sociedad (con ayuda de las religiones) ha inventado la culpa. Sí, esa que hizo posibles las grandes obras literarias de los rusos. Usted y yo nacemos en un determinado mundo, una determinada clase (lo siento, haber las hay), en determinada cultura, y, para ser admitido entre los suyos ha de jugar un determinado papel, el que le corresponde. Si pretende salirse del papel, primero lo estigmatizan; después, usted solito se machaca dándole vueltas a la malísima persona en que se ha convertido por ese deseo tan egoísta de aspirar a ser feliz. Venga, hombre, deje usted esas pamemas para su siguiente vida. (¿La habrá?).

O renuncia a la felicidad, o renuncia a la sociedad. No buscan ciudadanos felices porque serían libres; buscan ciudadanos saturados y acomplejados: a esos se les puede vender incluso ser causantes de la crisis. Se reconoce a la felicidad por el ruido que hace al marcharse; lo malo es que, a estas alturas, tenemos los tímpanos atrofiados.

(La echaba de menos...)

Fuente: http://www.elcomerciodigital.com/v/20100823/opinionarticulos/felicidad-20100823.html (El Comercio Digital: La Voz de Avilés)