domingo, 3 de abril de 2011

El turno

Algunas de las que se sentían así cogían amapolas, inspiraban y expiraban. Jugaban con las niñas por si la postura de ese día no les convencía y caminaban por el parque a saltos para ver si llegaban antes y si no se tendrían que quedar mirando para la misma espiga más de veinte minutos. De repente se le pegó al jersey y comenzó a recordar cuando su abuela se sentaba cerca de la estufa a contarle cuentos, eso era vida, coño, por muy naranja que fuese. Estaba en sus brazos y sabía que desde ahí arriba, desde su "cuello", en su regazo, todo se veía desde otra perspectiva. Encogida quería estar toda la vida, observando la pasión de lejos, las llamas, pero sin llegar a tocarlas. Se enervó tanto que le pegó, se levantó de la mesa y le pegó tanto como una mujer podía pegarle a un hombre. Necesitaba testigos de que las lágrimas no fueron en vano, por eso se dedicó a depositarlas en cada una de las amapolas del campo. Parecía un baño de sangre. Lo más bonito era que todo fluía. Esperaría al próximo ciclo. Y no le gustaba, no le gustaba nada.

La foto es de Renata Raksha.