sábado, 16 de abril de 2011

Cásate por compasión

Por compasión quizás nos separamos, para no hacer sufrir más al pueblo, cada vez que se agolpaba en los andenes de los trenes para agitar pañuelos como si les hubiésemos pagado. Para no recoger el polvo de las esquinas cuando fuésemos mayores. Ésta puede llegar a ser la historia del mendigo que se encontraba rodeado de verde sin poder apenas disfrutarlo o del mago que se quedó escondido en la chistera mientras oía los abucheos del público. Actuamos por compasión y no digáis que no ante esta gran verdad. Ilustrar sobre balaustradas de enredaderas infinitas no hubiera servido de nada. Rapunzel bajó de la torre por compasión, no sólo porque necesitara un corte de pelo más que urgente. Regalaría mil palabras sonrientes aunque vacías de significado al caballero, por eso, por pura y simple compasión, porque él lo había hecho antes con ella y se sentía en deuda, pendiente de entregarle todos los momentos en los que la hizo estar “fuera de la torre”.

Era compasión cuando uno llamaba al otro preguntándole sobre la lejana deriva a la que navegaba esa “relación”. Nadie podía plantearse nada y eso que las cosas ya estaban más que replanteadas. Compasión por horas colgada al teléfono, con mucha esperanza sí, pero sin ninguna respuesta. Compasión porque el cobrador del frac se había ido otra vez con las manos vacías. Porque la situación siempre volvía a repetirse y francamente, nunca habíamos estado tan juntos. ¿Qué si nos casamos? Sí, un par de veces. Pero no cambio nada, en la primera ocasión, ni siquiera pudo asistir. Dijo que tenía cita con el alergólogo. Diagnóstico: alergia a los besos, a estar fuera de mí y sobre todo, alergia al compromiso. Pero sí, bien, es cierto, se casó conmigo y según las perdices y las latas que colgaban de nuestro automóvil (de alquiler) que transcurría Castellana abajo fuimos felices. Todo por un poco de compasión.