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jueves, 18 de agosto de 2011

Un salón de baile vacío

Quizás será mejor no darle al play en la siguiente canción, por no antecederse a lo que venga o quiera venir. Porque nos morimos tumbados, en tierra o jarrón, porque quien nos dice adiós será siempre, uno, el último, unidad. Quien va marcando el paso es mama pata y cuidado al que lo quiera rectificar, senderos de hambre quedan para el listo. ¿Hay miedo? Claro, por eso nacemos en agua y morimos arropados en mil rosas y mientras tanto, tratamos que los momentos solos, los nuestros, sean lo más breves posibles, por si acaso. Algo que necesitamos y que cuando tenemos, tantas pestes echamos.

Pañuelos inventados en un inventario sin acabar, estoicas esquinas que dejan ver precipicios y salientes de cañones infinitos. Una respuesta a la vuelta en donde las retóricas quedan ancladas en el vacío porque siempre alguien debe responder. Encima del agua y debajo, como casualidades y azares aparecen para combatirla. Todos tenemos armas y a veces, queremos estar tan solos. Alternativas a una vida llena, llena de todo, vivaz, de lo más vivaracha, que se estremece a cada paso y se vuelve, para comprobar que la siguen. Referencias de que el baile no ha acabado y de que aunque ella baile sola, hay un joven camarero en la barra que borracho de soledad, querrá invitarla a un último baile. No será el último, cuando lo pruebe querrá bailar, solo bailar. Nunca sola, acompañada. La peor de las compañías la aferraría firmemente y procuraría que no se cayese. Hoy lleva zapatos de ballet y se siente menos frágil que nunca.

martes, 29 de junio de 2010

Sentencias de Joyce

Eso no se toca. Sede de los afectos. Corazón partido. Una bomba después de todo, bombeando miles de galones de sangre por día. Un buen día se atasca y ya estamos. Montones de ellos yaciendo por aquí: pulmones, corazones, hígados. Viejas bombas oxidadas: al cuerno lo demás.

jueves, 24 de junio de 2010

Pasión

Estoy segura de que Degas también sonreía, se ilusionaba, luchaba y sentía como lo haces tú así que sigue sonriendo, ilusionandote aunque sea por la más mínima chorrada. Lucha y siente y llegarás a ser una artista.

Se calzó sus zapatillas de ballet, se sentó sobre el regazo de su madre y le dio el último abrazo, se re-colocó el tutú y hecha un manojo de nervios avanzó. Esa mañana era diferente a las demás, todas iban enmoñadas, enlazadas, concentradas y de repente, comenzaron los bailes individuales.


Ella lo hizo perfecto, había estado practicando demasiado y mientras bailaba sentía que toda su esencia se evaporaba, que su cuerpo fluía, volaba y de repente su presencia en la sala se desvaneció. Lo había conseguido. Salir de allí sin ningún rasguño. Sonrió y el profesor respondió con una mueca.

Bailar, bailar, bailar, desde ese momento no pensó en nada más.

sábado, 20 de marzo de 2010

Soñar es gratis

Ya lo decía nuestro amigo John, que soñar e imaginar un mundo sin miedos, sin gente que te haga daño y con buenos días ocupando los años que vivimos intensamente, es realmente mágico. Él prefería llamarlo unión pero yo, en cambio, no. Mientas no seamos magos y sigamos ocultando la mano tras tirar la piedra como si fuera uno de los trucos más sencillos habidos y por haber; podremos contribuir a crear una meta para cada día, es decir, un sueño y no parar hasta cumplirlo. En eso se basa todo, en imaginar.


Podremos imaginar que no hay cielo, ni infierno. Que quién es bueno y malo lo decidimos nosotros, sólo nosotros. Creer realmente que imaginar es algo fácil, que luchar es de soñadores y triunfar no es sólo de vencedores. Quizás así podamos ser conscientes de que personas como John Lennon no han vivido en vano y que nosotros no tenemos por qué pasar por la vida como si nada. ¿Te doy un consejo?Haz lo propio: imagina.

viernes, 21 de agosto de 2009

Antes, durante y después de la despedida

Volvió y ¿qué se encontró? Nada. Todo había sido deshecho. Ni su casa, ni su familia, ni los allegados que había tenido por amigos, con los que había hecho tan buenas migas... Se quedó sola en el portal de siempre, su portal, en el que mil veces había escrito su nombre y mil veces había sido borrado; otros, sin embargo, allí permanecerían de por vida. Estaba allí sentada con la esperanza de que una cara conocida le sonriera ese día en la esperanzadora ciudad de siempre.


Aprovechó para ir al kiosko por el que había dado sus primeros pasos, allí estaba la nueva kioskera; le empezó a contar la última discusión que había tenido con su novio (argentino por cierto). Casualmente mientras sonreía y asentía por y para complacerla, al instante oyó cómo la puerta del portal se abría e hizo un esfuerzo por acercarse hasta allí, no le costó mucho, sabía muy bien el camino a casa.


Entró y subió las escaleras, allí estaban la planta y el cuadro que tantos ojos había visto porque ella les había permitido hacerlo. Todo estaba exactamente igual, como lo había dejado. Se metió en el ascensor y se miró al espejo, no pudo soportar la imagen, demasiados recuerdos y comenzó a llorar; así era como se arreglaban las cosas, ¿verdad?


Salió y lo siguiente en lo que se fijó fue en los buzones, en el 1º Derecha, algo en él le llamó la atención, tampoco pudo contenerse. Habían cambiado las letras, los nombres, las personas, TODO. El suyo de todas formas no había estado nunca allí, pero le dolía porque no la habían dejado ni despedirse.

La Sra. Ángela, casada con Juan Nosequé Nosequemás, los dos felizmente unidos y con dos hijos, sus nombres sí que figuraban en el buzón, no como el de ella. Levantó la vista y ahí venían con aires de perfección, de grandeza, en su máximo apogeo, saliendo de la puerta a la que con tantos portazos castigó y a sus pies iban danzando dos niños rubios, como dos soles, como los odió por un momento...


Se quedó escuchando la conversación atentamente tras la columna, como una fugitiva.

-Pues aquí tienen la llave señores, ¡disfruten del piso!

(No te jode...)

En su pecho sintió como si algo se desprendiera, como si le faltara el aire.


La familia más feliz y perfecta del mundo, ahí iba, escaleras arriba y al vendedor del inmueble le dio por cruzar la esquina y la encontró allí con cara de circunstancia.
-¿Qué te pasa chica?

-Nada

Se hizo un silencio y al momento habló (por fin).

-¿Sabe?, yo vivía aquí.

-¿De verdad? Pues es un piso bonito, está en buena zona y además es un 1º, en mi opinión está genial...


Le salió la vena vendedora y prosiguió comentando cada una de las habitaciones, ella hizo caso omiso, sabía perfectamente que no había mejor vendedora que la que tenía delante porque no hay mejor vendedor que el que no quiere vender por egoísmo, por avaricia y por rabia. La rabia te da a conocer, es verdad. En un momento de debilidad le pidió las llaves y la permitió pasar, se pasó como media hora tirada en el pasillo, aún hacía calor, es lo que tenía el verano, una buenísima época para la mudanza, claro que sí.


Las emociones se desbordaron cuando le faltó el tiempo para despedirse, salió de una forma casi precipitada porque no quería mirar demasiado hacia atrás, no fuera que le gustaran demasiado las vistas y quisiera volver sobre sus pasos.


Esta vez no hubo ni encadenamientos, ni berrinches, ni amenazas de incendio. Simplemente se marchó, sabiendo que allí acababa una etapa, otra más. Entonces caminó pensando cuando era más necesario y práctico llorar, ¿antes, durante o después de la despedida? No importaba mucho en realidad...pues la primera lágrima ya había caído hace tiempo, esa pequeña reflexión de dos minutos sólo le pudo servir para creerse un poco más fuerte antes de derrumbarse definitivamente en un mar de lágrimas.


Hoy he añadido mi nombre en el buzón, sentía la necesidad de hacerlo.

Quería dejar huella, constancia.

Me conformo porque aún no he vuelto y creo que todavía queda tiempo...



Tiempo para despedirme a gusto, a mis anchas...

Esta es la conclusión de un largo día pensando en que me ha dicho mi madre que cuando vuelva de Madrid, el mes que viene podremos no estar viviendo ya en el piso.

Las fotos son de Google, por favor si son tuyas y no quieres que permanezcan en este espacio sólo tienes que ponerte en contacto conmigo. Muchas gracias.

martes, 17 de junio de 2008

El vendedor de rosas



El hecho más cotidiano del mundo se convirtió de repente en algo fuera de lo normal. Cerré la puerta del portal y dirigí mis pasos directamente hacia un lugar extraordinario, en una situación extraordinaria, en un momento nada ordinario. Llegué al sitio, miré y en 8 metros a la redonda no había nadie. Bajé la mirada, todas las baldosas eran iguales, absolutamente perfectas, ni un chicle ni nada, perfectas. Puse el Mp4 a tope y comencé a cantar sin que nadie me escuchara. El sitio era, de hecho, la parada del bus, el destino al que me dirigía prefiero no especificarlo aquí, no era para nada algo relevante. Apoyo la mochila que me pesaba más o menos tanto como mi propia vida. Una señora aparece, se sienta. Tacones, medias de seda, rubia de bote, bolso de Chanel, abrigo blanco y una mirada plagada de prejuicios. Comienza a hablar sola, estamos las dos solas en ese paraje. Repasa el papel de su hijo pequeño en la obra de teatro del viernes, incluso se acuerda de cuando la gente le aplaudía y ella imita el gesto. Subí más el volumen.


La parada del bus se empieza a llenar de gente, que al compás de las agujas del reloj suben y bajan las mangas de sus camisetas para averiguar qué hora es. La gente de hoy en día vive con muchas prisas y en una parada del bus no te puedes imaginar cuánto se nota eso. Cada vez llegaba más gente, se acercaba la hora, todos parecíamos estar pendientes de nuestras cosas, no reparábamos en lo que estaba a punto de pasar.





De repente se acerco un hombre y sacó algo de su bolsillo. Era un cigarro, lo encendió y comenzó a fumar, su cara impasible, su sed de venganza era insaciable y lo remediaba dando profundas y largas caladas, cada una de ellas le daba más paz interior pero le pudría por dentro. A su alrededor se iba formando una nube de humo enorme. La nube que había creado aquel personaje misterioso nos distrajo totalmente de nuestros pensamientos dejándonos ausentes totalmente del ambiente, para nosotros ya no existían las preocupaciones habituales de nuestra vida.




Estábamos absorbidos, nos debatíamos entre nuestras prioridades y las suyas, nuestros pensamientos y lo suyos, nuestros principios y los suyos. Pretendía hacernos pensar de otra forma, convencernos de que lo que él pensaba era lo mejor. Nosotros, toda la parada, eramos víctimas de su sistema, de su doctrina, nos sentíamos como dijo Clara, como unos polluelos al nacer, indefensos y desprotegidos. Nadie antes había entrado en la mente de una persona de esa forma. No podíamos dejar de pensar en cuanto iba a durar ese cigarrillo, ese humo que nos empapaba de algo muy desconocido para nosotros. No podíamos ni queríamos echar a volar, ni eso se nos permitía, las reglas eran suyas y nadie podía ni quería cambiarlas. Nadie tenía la combinación para hacer que esa cadena sin final se rompiera. Se hacía cada vez más imposible salir de ese enorme juego que todos teníamos en la cabeza.





Esta vez cuento lo que cuento en 1ª persona a pesar de haberlo vivido en tercera. Yo no me atrevería a contarlo, para Clara fue como si la hubiesen violado, porque quedar privada de tus pensamientos en realidad es eso: una violación. Nos íbamos llenando de otras experiencias, su aliento nos hacia ascender en una nube, de tal manera que no podíamos pensar en otra cosa.
No teníamos palabra, ilusiones, ambiciones, todo nuestro ser estaba ausente por ese perjudicial humo, que crecía y crecía. Con él se iban nuestras esperanzas y aparecían otras nuevas. Eramos muñecos mimados que iban a la basura y volvían a ser mimados por otros niños. Así de mal se sentía Clara, me lo contó llorando.







¡Fíjate! aquello no quedó ahí, cualquiera hubiera acusado a ese hombre de quitarles sus pensamientos. Clara no. No era él el malo de la historia. Ella se acusó a sí misma porque todas esas personas eran las víctimas perfectas, eran inestables y llenas de dudas, se declaró culpable de carecer de fortaleza personal, había dejado que todas sus ilusiones, esperanzas, ambiciones, sueños, sentimientos e ideas salieran de su cuerpo sin más, sin oponer resistencia, cuando debió retener todo eso. A veces los humanos somos débiles, frágiles y esas situaciones se aprovechan para quitarnos todo lo rico de nuestra esencia, dejándonos desnudos ante una eterna verdad: hay que luchar por lo que piensas, sino te habrás quedado en la mitad del camino.


De repente, todos como títeres bajamos la vista mientras el fumador apagaba el cigarro, cuando la alzamos ya eramos libres y por fin pudimos respirar, tanto aire inspiramos que terminamos cayendo. Mientras todos se encontraban adoctrinados por una misma persona, el bus llegó y todos se despertaron como si de un sueño se tratara, todos recordaban lo sucedido nadie se atrevió a decir una palabra, nadie excepto Clara.


-¿Tienes fuego?


La respuesta fue afirmativa y así la joven siguió su camino. Vino a mi casa y me lo contó. Me dio una rosa, la acerqué a mi cara y pude oler aquel humo del que me hablaba.

Diez años después Clara cuenta la leyenda de "El vendedor de rosas" a sus hijos, yo me meto en mi cuarto y subo el volumen de mi Mp4.
"Cuenta la leyenda que sólo teniendo en tu poder una rosa podrás vivir agusto porque vivirás tu vida y sabrás como viven los demás, encontrarás el punto intermedio entre ser muy egoísta y demasiado tolerante."
Fotos: algunas de ellas están sacadas de la galería de Albert Levyts.

domingo, 13 de enero de 2008

El Cabo

Miró por la ventana y decubrió que la vida era demasiada corta como para perder el tiempo. Al extremo izquierdo dentro de su marco de visión había un parque, lleno de caras de niños sonrientes, al otro extremo estaba la iglesia que tantos disgustos había dado al pueblo.
Recordó su infancia, a esa señora que siempre tenía un ratito para dedicarle una sonrisa, recordó su voz. Esa sonrisa se había pasado al otro extremo, ya no pertenecía a nuestro mundo. Nadie podía entender cómo el tiempo había pasado tan deprisa.
Observó las almas de los niños, celosa porque su alma ahora tenía dueña. No estaba en ese mundo con el que todos soñamos...toda la gloria prometida se había dormido en el olvido.
Desde allí oía a varios mortales decir las últimas palabras que la recordarían.